Viernes, 18 Septiembre 2020

Construcción de ciudadanía III, Lo público y lo privado

Libertad y responsabilidad, por tanto, no pueden escindirse si queremos forjar una ciudadanía empoderada que sea capaz de lograr su propia cultura de vida en sociedad, es necesario que lo público y lo privado lleguen a un consenso que permita tanto el respeto por los derechos individuales como por la responsabilidad social. Así se logrará forjar una cultura ciudadana que sea coherente con las particularidades que nos definen.

Por: J. Mauricio Chaves-Bustos*
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Un debate histórico acompaña el tema, tanto de la definición como del límite, entre lo público y lo privado, por tanto no entraremos en honduras que no nos competen, ya que lo que buscamos con estos artículos es redefinir el concepto de ciudadanía en el Pacifico Colombiano, particularmente en el nariñense, donde, como se ha leído en las dos columnas anteriores, pesa, tanto en el sustrato individual como en el colectivo, el abandono estatal, la desidia política y el desamparo de los derechos fundamentales a un mínimo vital de vida digna, representado en agua potable, vivienda, salud, entre muchos otros más, cobrando especial relevancia la protección y salvaguarda de la vida, máxime cuando el narcotráfico impera por razones no difíciles de exponer, siendo más una consecuencia que una causa en sí misma de toda la violencia que es vivencia en este territorio.

 

Lo privado se entiende, generalmente, como todo aquello que tiene que ver con lo doméstico, de puertas para adentro, como dirían los viejos; y lo público compete a todo aquel relacionamiento con los otros en el campo de un ejercicio democrático de toma de decisiones, que van desde las diarias hasta las más importantes, como son elecciones o demás sistemas de participación. Aquí, en resumidas cuentas, campean la democracia heredada y el liberalismo que busca garantizar los derechos de los individuos, sin desconocer que su evolución ha permitido reconocer los derechos sociales, económicos y hasta de los Pueblos, buscando la salvaguarda de la soberanía y la autodeterminación de los mismos.

 

Pero lo privado y lo público conviven permanentemente, no se excluyen, como erróneamente muchos piensan, particularmente los servidores públicos que opinan sin entender su posición como garantes de la responsabilidad endilgada al Estado para que garantice la armonía entre todos los ciudadanos; tampoco como muchos ciudadanos creen, que al amparo de sus garantías individuales desconocen de facto la responsabilidad social que los cubre por ser, precisamente, parte de una sociedad determinada. Los bienes, por tanto, pueden ser de naturaleza pública o privada, y ambos merecen el respeto por parte de los demás, como un amparo logrado en las revoluciones burguesas, pero también como la posibilidad de que exista un reparto equitativo y justo de la riqueza generada, en el caso del Estado, como parte esencial de su existencia, y en los privados como una forma solidaria frente a los demás. La felicidad y la seguridad, por tanto, devienen del consenso mutuo que debe desprenderse de entre lo público y lo privado, aunque como se ve en la actualidad, los intereses individuales, amparados en fortísimas corporaciones internacionales, desconocen lo público o se aprovechan de ello para generar mayor riqueza para sí mismos, caso Monsanto, con el tema de las semillas y los saberes colectivos acumulados durante siglos, por solo mencionar un ejemplo.

 

Lo anterior genera un problema inevitable, ya que el Estado se ve reducido a esos intereses, muchas veces ayudados por los medios de comunicación que han sido acaparados por esos grupos económicos o de interés, ante una ciudadanía que no ha sido empoderada en sus obligaciones y que ha devenido mendicante frente a la Cooperación Internacional y frente al Estado mismo, no como la lucha reivindicatoria de su autonomía y de la búsqueda del pago de una deuda histórica que nadie desconoce, sino como subsidiaria de unos recursos que luego serán cobrados en un claro detrimento con todo el territorio. Además, una ciudadanía que, como se ha mencionado ya, ha sido objeto de toda clase de vejámenes y abandonos, no está preparada para asumir una responsabilidad política autónoma, por eso no existen representantes de sus organizaciones en los estamentos estatales, ni mucho menos en los organismos donde se toman decisiones trascendentales en el orden nacional.

 

Y llevado al plano de lo cotidiano, la desidia por el Estado, fruto de ese abandono y de las permanentes muestras de corrupción, hace que no se asuma un papel real como ciudadano; al contrario, la problemática se agudiza, ya que al no verse representado en lo público, todo lo que de ahí devenga no se respeta, desde el simple hecho de botar cuanta basura hay a las calles o bajo las construcciones palafíticas, pasando por el irrespeto a las normas básicas de convivencia, como son el uso de andenes, respeto a los semáforos o a las vías peatonales, hasta la total indiferencia por el cuidado de las ciudades o pueblos que habitamos.

 

Tumaco, lugar donde vivo y he vivido con mayor presencia de tiempo en el Pacífico, es un claro ejemplo de ello; hay mucha queja por parte de todos quienes habitamos en ella, pero no hay un empoderamiento real y efectivo para generar una cultura ciudadana que parta de los propios particulares; el Estado, mirado como una alteridad que no nos corresponde, obra con indiferencia y, ante los graves problemas que aquejan al puerto, los pequeños asuntos parecen dejados al garete del propio ciudadano que, careciendo de la formación necesaria en sus derechos, desconoce también los de los demás, generando una especie de caos que se resume en la célebre frase “Es que estamos en Tumaco”, como mencionamos en la columna anterior.

 

Libertad y responsabilidad, por tanto, no pueden escindirse si queremos forjar una ciudadanía empoderada que sea capaz de lograr su propia cultura de vida en sociedad, es necesario que lo público y lo privado lleguen a un consenso que permita tanto el respeto por los derechos individuales como por la responsabilidad social. Así se logrará forjar una cultura ciudadana que sea coherente con las particularidades que nos definen.

 

Para ello hace falta una comunicación efectiva que permita lograr esos consensos que buscan una sociedad feliz, equitativa y justa; ese distanciamiento entre lo público y lo privado, tanto desde el campo de los derechos como de las responsabilidades, hacen que estemos en una especie de estancamiento social, además, porque muchas de esas representatividades están captadas por muchos grupos que al ciudadano del común no le dicen nada, de tal manera que es necesario partir del colegio para formar en una democracia más real a niños y jóvenes, para así, en un futuro mediato, tener verdaderos ciudadanos críticos y empoderados con su entorno.

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

 

*Fotografía: cortesía.

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