Lunes, 04 May 2020

Ixchel y el galante ruiseñor

Enero, un pequeño ruiseñor cantaba en una noche oscura, y la playa parecía cantar con sus vaivenes y San Onofre se extendía hacía el mar Caribe tan bello y devastador.

 

Por: Ricardo Murcia*
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Las estrellas, titilantes como velas hacían del firmamento un salón de bailes y movimientos, mientras la luna sonreía en su cuarto creciente, dando una sensación de alegría hacía un paisaje tan colombiano y latinoamericano como las montañas de los Andes.


El ruiseñor, extasiado ante tanta belleza, volaba durante horas hasta quedar exhausto para luego, encontrar un sembrado de rosas rojas y beber de su néctar hasta que su estómago, templado como un tambor, le gritaba su saciedad.


Una de esas noches de penumbra del mes, acostumbrado a la soledad de la playa y al crujir de las olas estrelladas en la arena, sintió que en la playa se había roto la armonía.


A la orilla del mar, y juntando sus lágrimas como el llano se funde cuando lo acaricia el sol, se encontraba una mujer hincada, llorando su desamor hacia la vida, expulsando su odio a lo conocido en la arena y soñando, con toda su existencia, ver el amanecer.


En su gran mundo, ella era más bien una excepción: por su notable belleza, por su amor, por el valor que le daba a la vida, a las pequeñas cosas que en su mundo valían poco. Mientras para sus vecinos y su pueblo una margarita era basura que brotaba de la tierra, para ella era una bella planta llena de la belleza unida al color amarillo, representante de la hermosura de la vida, y el blanco, dador de la sabiduría sobre la tierra.


Ella lo entendía más que nadie, y por eso, lo cotidiano le quemaba el corazón a saltos de felicidad y le sacaban una sonrisa, que pronto se convertía en frustración al ver sus vecinos tristes de corazón.


En un principio, cuando germinaba su existencia, las gentes del pueblo creyeron que simplemente eran cosas de niña esas emociones. En su adolescencia, las compañeras de juegos y de escuela la tomaron como una chiquilla tonta que simple y llanamente quería llamar la atención; pero cuando llegó a sus 23 años y continúo con esas peligrosas emociones de amor, las familias, los ancianos y jóvenes de la comunidad decidieron relegarla, tomarla como alguien diferente y aislarla hasta encarcelarla en su soledad y prohibirle ver el amanecer.


Por esto se encontraba llorando en la playa, odiando su amor en cada lamento, sintiendo su diferencia como algo perturbador y oscuro para los demás. Añoraba ver el amanecer, para comenzar una nueva vida, una aventura, aunque se supiera muerta con las primeras ráfagas del sol.


El ruiseñor la contemplaba con cierta ternura, la encontraba hermosa aún en ese momento de amargura que reflejaba. Con las fuerzas de su pequeño cuerpo se aventuró hacia la playa, pero antes, era necesario llenar su cuerpecito de valentía: se acercó a un girasol, deseaba beber hasta el éxtasis de sus deliciosos jugos que tanta felicidad y determinación le causaban. Lo succionó con la fuerza del rayo, y en él encontró el verde coraje de la naturaleza.


Luego, buscó la más radiante y roja de las rosas, la tomó en su pico y, con un vuelo ligero pero firme, se acercó a la hermosa joven llorona.


Llamó la atención con su vuelo coqueto y bastó una mirada fugaz de los ojos color sol de la mujer para entretejerse, para hablarse sin una palabra. La invitó, con la rosa, a conocer el alba, como si conociera sus más prófugos deseos, la convidó a hacer un pacto, pero le advirtió que este sobrepasaría la muerte.


Ella, asustada por vez primera, pues una conexión con un animal no es tan frecuente en su pueblo y, segundo una propuesta tan radical no era nada común. Corrió a su casa, se escondió en su cuarto, sacó un tabaco y meditó profundamente bajo el abrigo de su humo.


La idea era fascinante, pero parecía sacada de los pelos del peor cuento de hadas que se leen a los niños en la infancia. El humo del tabaco le produjo una relajación que pronto se transformó en sueño.


Soñó con una mujer que la invitaba a pasar a su casa. La señora aparentaba tener cuarenta años, con una gracia particular en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja. Le dijo claramente con su acento tumaqueño que la estaba esperando, y que, sinceramente, se estaba demorando en ir a visitarla.


La llevó por su sala, llena de ofrendas, flores, collares y soperas que se veían agradables a la vista, pero que llenaban la casa de una percepción de tranquilidad. En la sala le ofreció un café, y mirándola a los ojos le preguntó que para qué la necesitaba. Ixchel le dijo que ella estaba soñando, y que no entendía porque se encontraba en esa casa, tomando café con ella.


La mujer sonrío, y con toda tranquilidad le dijo que era un lugar indicado para resolver sus dudas, sus miedos y sus más grandes temores, pero para que ella viera que era cierto tendría que visitarla en persona.


Ixchel se levantó de un salto, le pareció un sueño bastante extraño, que guardaba simetría arquitectónica con lo ocurrido en la playa.


El rostro de la mujer del sueño se le hacía un tanto familiar, y pronto sintió que su presión sanguínea se aceleraba al pensar en ella y en lo ocurrido, como si el cuerpo le pidiera verla.


Volvió a su realidad de penumbra, de tristeza y soledad, caminando la pesarosa belleza cotidiana en un mundo encargado de dañar la naturaleza y los seres vivos que en ella habitan. Amaba los mochuelos, pero debido al cultivo extensivo de palma africana en su pueblo habían emigrado hacia los Montes de María, los bellos, espinosos y deliciosos bocachicos cada vez escaseaban más producto de la contaminación de los ríos por las empresas químicas productoras de jabones en todas sus variedades.


Fue a almorzar dónde su tía Edelmira, que preparaba un sancocho de pescado para chuparse los dedos. Fue para distraerse, porque la relación con sus primas se veía deteriorada por sus constantes burlas ya mencionadas.


Edelmira, mujer de unos 60 años que se notaban en su rostro y su caminar, la recibió con un poco de incertidumbre. No eran usuales sus visitas, así que se decidió a hacerle un pargo rojo con ensalada de remolacha fría, la mejor forma de demostrarle que se encontraba feliz de su visita.


Ixchel se degustó su pargo rojo frito espina por espina, disfrutando su sabor combinado con el toque cítrico del limón, que le daba un sabor particular de esa parte de la región Caribe. Luego de comer tomaron un café oscuro, que, además de no propiciar el sopor de las altas temperaturas del piso bioclimático cálido, ayudaba en mucho a la digestión.


La conversación se puso interesante cuando empezaron a hablar de la familia. Tía Edelmira recordaba a los abuelos con mucho cariño, hablaba de ellos como si estuvieran presentes y como si la guiaran en su camino. Ixchel preguntó, aprovechando el diálogo, qué tan descabellado le parecía a la tía que los animales hablaran con los humanos por medio de miradas.


Edelmira rio a carcajadas, le mencionó que la conexión entre animales y humanos no era nueva, pero esa conexión con ellos y la naturaleza se perdía cada vez más por la ambición de las personas, que cada vez más traficaban con ella para construir objetos de mucho valor económico a pesar del daño al medioambiente y al mundo entero.

Le contó que a ella de pequeña le contaron la historia que a una tía la había enamorado un tucán, y un día cualquiera desapareció, y el tucán jamás se volvió a ver. En un principio la familia creyó que la habían asesinado (nada nuevo en el país) por proteger la naturaleza de la tala extensiva de árboles. Sin embargo, nunca se encontró su cuerpo y en las posteriores indagatorias a los delincuentes que mandaban en la zona, nadie dijo saber nada de ella. Es por eso que tía Edelmira y las demás mujeres de la familia entendieron que se había marchado con el tucán.


Antes de irse, Ixchel miró el álbum familiar para ver la foto de la tía enamorada de aquella ave. Suavemente pasaba los ojos por los instantes detenidos en una imagen y, al acabar la página, se llevaba suavemente su dedo índice a la boca, lo mojaba de saliva y con dulzura y firmeza, pasaba la pesada hoja de cartón mezclada con plástico. Al pasar la hoja, su corazón dio un vuelco al ver la fotografía de una mujer robusta, con una sonrisa en la boca y brindando con tía Josefa.


Ixchel pregunta por la mujer, a lo que su tía contesta con cariño que ella la conocen en los pueblos vecinos como la Madrina, una mujer muy querida que vive en Ovejas, el municipio aledaño.


Llena de curiosidad, Ixchel va a casa a alistar la maleta para ir a Ovejas al otro día, pues la señora de la fotografía era la misma con la que había soñado inundada por el humo de tabaco. En la mañana, sale directo al mar. Allí, ve al ruiseñor que, continuando con su galantería, se le acerca con un girasol, la ve a los ojos y, con la misma mirada de la primera vez, le propone un vuelo hacia lo desconocido, siempre con el sueño de ver juntos el amanecer.


Esta vez Ixchel no se asusta, con su mirada le promete solucionar sus problemas primero y, si aún estaba en pie la propuesta, ella encantada iría a ver el amanecer junto con él. El ruiseñor voló en círculos en señal de aprobación y voló hacia el oriente con todas sus fuerzas.


Ixchel salió del mar hacia la terminal de autobuses, hacía un frío poco común para el lugar. Compró, con su billete de diez mil pesos un pasaje de ida y vuelta a Ovejas. Esperó su cambio y sus tiquetes, y se dirigió a la sala de espera y, a los diez minutos, entró a un bus donde los colores parecían reproducirse al son de la música vallenata que tronaba al interior.


Luego de una hora y veinte minutos estaba en Ovejas, y no faltó más de cinco minutos para encontrar a la Madrina. En la plaza central, se acercó a la primera tienda que encontró para comprar unos deliciosos diabolines con Pony Malta. Luego del eventual desayuno, le preguntó a la tendera si conocía alguien que le decían la Madrina.


Ella, con una sonrisa en la cara, le dijo que la estaba esperando, y le dio las indicaciones para llegar a su casa. Al llegar, todo parecía un sueño. Ella la llevó por su sala, llena de ofrendas, flores, collares y soperas que se veían agradables a la vista, pero que llenaban la casa de una percepción de tranquilidad. En la sala le ofreció un tinto, y mirándola a los ojos le preguntó que, como en el sueño, quería saber para qué la necesitaba.


Ixchel, impresionada, le contó lo sucedido con el ruiseñor le dijo que ella, aburrida de lo gris de su mundo, deseaba llenarse de colores junto al ruiseñor y ver el amanecer, pero que le daba miedo lo desconocido, y que no parecía nada racional huir con un animal cuando se hablaban sólo por miradas.


La Madrina, le dijo que el miedo era algo innato en el ser humano ante los planos que no conocemos y que no nos atrevemos a hacerlo, porque luego, irremediablemente nos cambian la vida. Además, le mencionó que no existe una racionalidad, ni una forma única de ver el mundo, y que si queremos podemos ser pájaros, truenos, jaguares, ríos o mares.


- ¿La decisión de irte con el ruiseñor está tomada? – le preguntó, llena de expectativa, la Madrina.


- Sí- Afirmó Ixchel.


La Madrina la condujo al patio de su casa, le pidió cerrar los ojos y mencionó unas palabras en un lenguaje extraño lleno de ritmo, y cuando abrió a los ojos, le pidió que, al mirar al mar, se untara el ungüento en la nuca, porque era su destino estar con el ruiseñor viendo el amanecer.


Ixchel, con lágrimas de felicidad en su rostro, se despidió de la madrina con un abrazo, y este bastó para entender, que, aunque la tocaba por primera vez, la conocía de toda la vidas.


Al salir de la casa, atravesó el pueblo y se subió al bus multicolor de regreso, con la novedad que los colores bailaban al ritmo de la salsa caribeña, lo que hizo el viaje más corto de lo esperado. Llegó a San Onofre, y para despedirse de su tierra, se comió una cazuela de mariscos en salsa rosada con galletas de soda. Cada bocado era una sensación de placer inexplicable, como si estuviera llorando de alegría.

 

Al llegar a casa, se despidió con un beso de su papá y su mamá y, siempre incomprendida, atinó a decirles un sincero los amo. Al llegar a la playa, el bello ruiseñor le repitió, por tercera vez, su propuesta.


Al ver el brillo intenso en los ojos del ruiseñor y su determinación, aceptó implacablemente adentrarse a esta hazaña, no sin antes embadurnarse el ungüento que la Madrina le había obsequiado.


Sintió un remezón en su cuerpo, y el ruiseñor la tomó de un brazo y con toda la fuerza de la convicción volaron hacia las profundidades del mar, y cuando Ixchel supo que volaba, se vio convertida en un ruiseñor, volando junto aquel galante que le devolvió el amor a la vida.


Volaron tan rápido, que el amanecer llegó como en cámara lenta, los destellos del sol los abrazó con una ligera sensación de calor y satisfacción. Fue tan placentero y con tanta pasión, que se abrasaron en el momento solemne en que despuntaban los últimos rayos. De su unión con la naturaleza nació un arcoíris tan grande y frondoso que llegó desde las playas a Ovejas, y la Madrina al verlo, sonrió con la felicidad del deber cumplido.


Cuentan los que conocieron a Ixchel que su cuerpo fue encontrado en la playa, mirando las estrellas y la luna, con una mueca de felicidad. Yo, siempre supe que al morir se nace, y que Ixchel nació al juntarse con su ruiseñor, me lo cuenta el viento que es muy chismoso, los ancestros que todo lo saben y un colibrí, que con su mirada me llena de historias.

 

 

*Sociólogo enfocado en investigación mediante metodologías de investigación cualitativa, cuantitativa y mixta. Conocimiento en elaboración, gestión e implementación de proyectos de desarrollo social. Capacitado para manejo de grupos de todos los niveles y condiciones sociales.

 

Fotografías: Cortesía

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