Jueves, 14 May 2020

La salud en Tumaco: una tragedia anunciada

La salud en Tumaco está en cuidados intensivos, y esto es solo la punta del iceberg de un territorio donde ésta es simplemente un sueño de sus habitantes o una promesa de los politiqueros que han hecho de ella el fortín de sus empaches y un castillo de la corrupción.

Por: J. Mauricio Chaves-Bustos*
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Cuando nos sorprendió el avance tenebroso de esta pandemia, llamada con el sonoro nombre de Covid 19, sabíamos que la situación en Colombia no iba a ser la mejor. Nuestro sistema de salud es sumamente precario, gracias a la negligencia de mantener la dichosa Ley 100, cuya atención a la mayoría de colombianos es diametralmente opuesta a las cuantiosas ganancias que les genera a un contado y selecto grupo de privilegiados, es decir a los dueños de las EPS. (Ver: 'Lo que necesitas saber sobre la enfermedad por coronavirus (Covid-19)')

 

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Nuestra preocupación aumentó cuando este virus llegó al departamento de Nariño; sabemos que toda zona de frontera tiene unas particularidades, ahí la artificiosidad del límite no es pretexto para dejarse de visitar, para seguir hermanados, para mantener el flujo constante, no solo de comercio, sino de humanidad y familiaridad que hay de lado y lado, máxime cuando los caracteres son semejantes, como pasa en la frontera ecuatoriana que limita con los municipios de la sierra y de la costa nariñenses. (Ver: '¿Cómo está la situación actual del COVID-19 en el Pacífico colombiano?')

 

Presentimos que los controles no serían fáciles, sobre todo cuando cientos de hermanos venezolanos transitan de un lado para otro buscando a todo trance volver a sus lugares de origen, generando toda clase de sentimientos, algunos de solidaridad cuando en la diáspora vemos niños, mujeres y ancianos que deambulan sin un rumbo fijo, en otras ocasiones de intolerancia, olvidando que hace algunas décadas fueron miles de colombianos los que migraron a Venezuela buscando un futuro mejor, el mismo que no ofrecía nuestra dolorida Colombia.

 

Hoy por hoy, Ipiales y Tumaco, ambas ciudades fronterizas, enfrentan los mayores índices de contagiados por número de habitantes, lo cual es realmente preocupante, sobre todo porque conocemos los entramados sociales que se mueven en ambos territorios, donde la informalidad y la corrupción corren parejas, generando abandono, miseria y anomalías sociales que desencadenan en violencia y en un descontento social que en cualquier momento pueden explotar. 

 

Al 12 de mayo, las desalentadoras cifras muestran 304 casos en Nariño, 140 en Tumaco, representando el 46% de los casos presentados en el departamento, las muertes también van en aumento, además, se presenta ya un caso de contagio en Magüi Payán, lo que indica que el virus se está extendiendo a la zona rural, poniendo en riesgo la vida de miles de personas que, normalmente, carecen del servicio adecuado de salud, particularmente la zona rural de la región Pacífico del departamento.

 

En todo el territorio, el único hospital de segundo nivel es el San Andrés de Tumaco, que debe atender a una población aproximada de 400 mil habitantes; los pacientes que presentan mayores complicaciones deben ser trasladados a Ipiales o a Pasto, distantes a 5 horas de Tumaco, aumentando los costos y las distancias cuando son remitidos de la zona Sanquianga o del Telembí, además que el principal problema es que aumenta el riesgo de muerte de quienes son trasladados, generalmente, en condiciones no optimas.

 

Ante la coyuntura en que vivimos, las escasas 10 camas de Unidades de Cuidados Intensivos -UCI- del hospital de Tumaco están ocupadas, de tal manera que obligatoriamente deben ser trasladados a Pasto, cuyas autoridades manifiestan que también ahí las UCI están ocupadas. En todo caso, lo que se muestra abiertamente es la fragilidad de un sistema de salud que no corresponde a las necesidades reales de los territorios, en este caso particular al Pacífico. (Ver: 'La Costa Pacífica en tiempos de Coronavirus')

 

Para nadie es un secreto que el principal mal que enfrentan los territorios es la corrupción, endogámica y exogámica, es decir propia y ajena. Desde hace años cientos de líderes sociales han exigido que los 10 municipios que conforman la región, cuenten con servicios que dignifiquen a su población, que se garantice el mínimo vital, con servicio de acueducto y alcantarillado, energía eléctrica, interconexión, educación y, especialmente, servicios eficientes de salud con hospitales y, sobre todo, personal idóneo permanente.

 

Pero esto no pasa de ser un sueño o una quimera, el Hospital San Andrés de Tumaco es una muestra fehaciente de lo que ahí sucede, pues durante décadas ha sido el fortín político para financiar campañas y para amparar la corrupción con dádivas y ofrendas a los caciques políticos del Departamento, no sobra recordar que hace muchos años el Pacífico nariñense no cuenta con un miembro en el Congreso de la República que los represente realmente. (Ver: 'Racismo estructural y el Covid-19')


Algunos municipios, como Roberto Payán, cuentan con modernos puestos de salud, sin embargo no tienen ni los implementos necesarios ni el personal de salud permanente; en muchas veredas los puestos de salud se los ha llevado las crecientes o las mareas, cuando no la siempre repudiable corrupción; la visita de los médicos se toma casi como un milagro, y ni pensar que ahí se puede acceder a la salud mental, ya que los psicólogos o psiquiatras son una verdadera extravagancia. En Bocas de Curay, la enfermera nos mostraba con tristeza cómo su puesto de salud estaba en verdadera condición critica. Es que la salud en todo el territorio parece desfallecer, los signos vitales son cada vez menores.

 

Y claro, escritos como éste abundan. Se denuncia y se vuelve a denunciar. Pero a los políticos, animales de sangre fría, únicamente pareciera interesarles el caudal político, por eso aparecen en cada contienda electoral a repartir trago y mercados, pero la mayoría del tiempo desaparecen; al Ministerio de Salud, inclusive a la Secretaría de Salud de las autoridades departamentales, el territorio representa un exotismo que se visita como castigo o en vacaciones obligatorias, pero nada más, estos nunca tienen soluciones.

 

Aun retumban en nuestros oídos los clamores de sus pobladores, cuando exclamaban que para transformar el territorio era necesario contar con puestos de salud dignos y personal permanente, cuando, como un sueño, pedían lanchas ambulancia, medicamentos en buen estado, atención pronta y oportuna. Con esta pandemia, los sueños se han vuelto una pesadilla, que esperamos no se siga extendiendo al resto de municipios, mucho menos a la zona rural, en donde sus habitantes viven al amparo de un dios ajeno y a la voluntad caprichosa de sus gobernantes.

 

*Escritor, gestor cultural, facilitador en procesos de diálogo para construcción de paz.

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

 

 *Fotografía: cortesía.

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