Jueves, 06 Junio 2019

Proyectos cultural-religiosos: de los colores del Petronio, San Pacho y otras naranjas

Las danzas, las músicas, los rituales musicalizados, los disfraces, las comparsas, las coplas, los tambores y los versos han sido dispositivos de agenciamiento de las filosofías de los pueblos.

Por: Yeison Arcadio Meneses Copete*, con la lectura crítica de Nitonel González Castro

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Formas de vivir y narrar críticamente la cotidianidad; formas de llamamiento a la toma de conciencia, al encuentro y las gestas libertarias. Sin embargo, sus sentidos son dinámicos y se transforman con el transcurrir de los tiempos. De esta manera, de acuerdo con la condición de las personas y colectividades, estas artes toman formas libertarias, recreativas, narrativas, imaginativas, mortuorias, de arrullos y recrean la familia, la selva, la calle, el río, el mar, la ciudad, entre otros. 

 

Tocando el tambor, creo que es necesario continuar profundizando en la comprensión de los sentidos y capacidades de movilización del pensamiento de Festivales, Carnavales y Fiestas Patronales tanto para las poblaciones afrocolombianas, en particular, como para las poblaciones criollo-mestizas, indígenas, e internacionales participantes; a la luz de las realidades sociales, culturales, económicas, comunitarias, políticas y psicológicas del país.

  

 

Suena la marimba

Como músico instrumentista y compositor del Pacífico colombiano he tenido la dicha de participar en muchas versiones del Festival Petronio Álvarez, no solo en el derroche de su buena música y el encuentro de la región pacífica y todo el país, sino en poder reflexionar a partir del contenido reiterado, de gran elaboración, que a través de tambores, marimbas, cununos, tamboras, clarinetes, bombardinos, guitarras, bajos, baterías, pianos, requintas, platillos, trombones y saxos, reproducen discursos evocando historias de rebeldía, opresión, identidad, denuncia, paz, prácticas tradicionales, entre otras. Miles de personas se reúnen en torno al Petronio, se preguntaría uno hasta en qué medida estos discursos logran permear las conciencias y edificarnos como pueblos solidarios y sobre todo como sujetos y sujetas transformadores de nuestras realidades. 

 

De otro lado, un informe económico muestran que “solo en la Ciudadela Petronio se mueven más de 20.000 millones de pesos”. En una semana, el Festival Petronio Álvarez logra movilizar unos 50.342 millones de pesos y 1.600 empleos, según informes oficiales. El crecimiento de algunas microempresas ha sido notable igualmente. Las zonas hoteleras logran ocuparse en gran medida y cada vez es más significativa la presencia de visitantes extranjeros. El Petronio se ha convertido en una vitrina de las músicas, sabores y saberes del Pacífico, recordemos que grupos musicales reconocidos como Saboreo, Grupo Canalón, Grupo Bahía, ChocQuibTown y Herencia de Timbiquí crecieron en este escenario. Aunque el ideal sería acompañar la consolidación y promoción de decenas de proyectos musicales de alta calidad. De otro lado, sería importante indagar sobre otros aspectos poco nombrados como el turismo sexual, por ejemplo. 

 

Sin embargo, repica la requinta, recientes declaraciones del alcalde de la ciudad Santiago de Cali, Maurice Armitage, y la “incomodidad” reiterada de una élite caleña criollo-mestiza pone en el escenario diversos aspectos susceptibles de indagación y problematización en la concepción de la ciudad. Solo me detendré en dos. Por un lado, evidencian cada vez más el carácter de explotación económica de los saberes, sabores y artes musicales del Pacífico por este grupo ideológico que dirige la ciudad. Mientras el alcalde se esfuerza por “generar bienestar y no incomodar a estas personas”, deja de forma muy precisa su falta de interés en ejercer una política que de una vez por todas ratifique el carácter constitutivo de la afrodescendencia de la ciudad, la tercera ciudad con mayor población afro en el continente. ¿Desde cuándo se es nativo de/en la ciudad? ¿Quiénes son los nativos? ¿Les incomodan tanto las ganancias económicas? 

 

     

De otro lado, como consecuencia, suena la guitarra, se puede avizorar que la organización del Festival poco está interesada en el bienestar no circunstancial sino de larga duración de las comunidades afrocaleñas y afropacíficas, principales protagonistas. En la perspectiva de la explotación, parece ser que “su lugar” está en el rebusque de ingresos en este evento, pero sus cotidianidades permanecen en la lógica de la negación del derecho a la ciudad y mejores condiciones de vida. El metarrelato se mantiene: “vienen del Pacífico como víctimas del conflicto armado y en búsqueda de mejores oportunidades laborales.” ¿Y para dónde se fueron las miles de personas esclavizadas en las plantaciones? ¿En más de 500 años de presencia en el continente, el país y en la región, pero aún son presentados como llegados? ¿Esto aplica para la población criollo-mestiza caleña? 

 

Entonces, al son de tambora, si bien algunas personas afrocolombianas han logrado establecer sus negocios desde saberes y sabores tradicionales, probablemente esto no se deba a una intencionalidad institucional de generar capacidades. ¿Quiénes son los beneficiarios directos de los más de 50.000 millones que se generan en una semana y cómo estos ingresos impactan las vidas de las y los afrocaleños?

 

Finalmente, según el mismo informe una persona gasta diariamente 42.000 pesos en el Festival. Al confrontarnos este nivel de consumo con los niveles de vida de la población afrocaleña, podemos establecer tres hipótesis: una, el Petronio Álvarez se ha convertido en un escenario más de la exclusión radical de la población afrocaleña de sus propias invenciones; consecuentemente, dos, entonces un espacio de “afroprivilegiados” y, tres, la población afrocolombiana es experta en consumir pese a su empobrecimiento, la consciencia que tampoco van a generar la música y la danza.

 

¡Que viva San Pacho!

Suenan el clarinete y el bombardino. El San Pacho se inscribe también en lo que hemos denominado potencia en el marco de una tradición libertaria como lo hemos señalado al inicio de este escrito. Sin embargo, me quiero concentrar en un aspecto crítico similar al que se vive en el Petronio Álvarez. 

 

Desde sus inicios la celebración de la Fiesta de San Pacho y otras fiestas patronales en el Pacífico han estado relacionadas con “la explotación de la fe, el sometimiento espiritual, la civilización de los pueblos barbarizados, el sincretismo forzado, la recreación de la espiritualidad para la supervivencia, y con el tiempo devino en una especie de escenario de denuncia, catarsis y disfrute colectivo” de pueblos violentados sistemáticamente. Aunque apropiadas, me pregunto hasta dónde son propias estas fiestas y no la continuidad de un proyecto “civilizatorio religioso y cultural ligado a las lógicas de explotación capitalista”. Una “economía afronaranja” que inició con la explotación en las haciendas, minas y plantaciones y ahora nos exprime saberes y sabores. Es decir, ya se nos ha hecho costumbre llenar los bolsillos de las mismas clases dirigentes criollo-mestizas. 

 

En el caso de San Pacho, llama la requinta, aunque no logré conseguir datos estadísticos que muestren los ingresos en 15 días de celebración, caso problemático, sí es notable el consumo de licor que sigue fortaleciendo las licoreras de los departamentos de Caldas y Antioquia, principalmente. Pues, la clase dirigente chocoana “sábiamente” acabó con la Licorera del Chocó. Una de las pocas empresas que además de empleos, generaba ingresos para centenares de familias y para las finanzas departamentales que podrían ser redistribuidas en la implementación de programas en salud, educación, entre otros. Asimismo, aunque algunas personas que viven del rebusque logre unos ingresos, la realidad es que la tajada inmensa se la lleva el monopolio del licor. 

 

En otro artículo publicado en esta misma revista, proponía algunas pistas para que San Pacho y las Fiestas Patronales del Chocó, principalmente, vuelvan a sus raíces o se mantengan, sobre todo con prospectiva y sentido de realidad. Esta vez me he detenido en la posibilidad de estas Fiestas y Festivales para generar capacidades. Tantos esfuerzos económicos y culturales que se generan, por ejemplo en Quibdó, una ciudad con los peores índices de Necesidades Básicas Insatisfechas, altas tasas de desempleo, pobreza extrema, sin hospitales de alto nivel, etc. deberían volcarse a promover el bienestar de los pobladores desde asuntos fundamentales. Tal vez hemos logrado un exceso en la folklorización de estas fiestas. Al final de otros festivales aparecen las cifras de las ganancias generadas por las fiestas, caso desconocido del San Pacho y las otras fiestas del Departamento. No es una apuesta por el mercado, sino un llamado a repensar cómo se vive la cultura y si nuestra realidad está solo para seguir consumiendo, bailando y cantando con orgullo mientras los platos están vacíos

 

También, esta reflexión me lleva a pensar en la y el “sujeto sanpachero”. Los maravillosos y coloridos de trajes, cachés y disfraces se suman a la lista de consumo. Entonces, regreso sobre la pregunta por el valor de los gastos de un “sanpachero de verdad”. En últimas, ¿Quién es un sanpachero de verdad? ¿Cuáles son los costos de este logro? Los colores que engalanan las fiestas franciscanas pueden estar develando unas fracturas inmensas en la sociedad chocoana; la cual poco nos estamos percatando. Es evidente que la mayor parte de la población no tiene capacidad financiera para acceder a estos vestuarios. Una vez pasan los bellos coloridos, se dejan ver las pieles de la exclusión, el bunde tumultuoso y es aquí donde emergen algunas confrontaciones a machete de las que poco se ocupan la organización de San Pacho y los gobiernos locales (fenómenos que se se viven en el San Pachito y en el FestiAfro  en Medellín). Con manifestaciones diversas y un poco diferenciadas, se reproduce este mismo esquema en gran parte de las otras fiestas patronales. 

 

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Finalmente, para concluir, parece que fácilmente nuestras manifestaciones culturales, que no folklóricas, fácilmente devienen empresas muy exitosas para unas familias criollo-mestizas de tradición explotadoras. Hoy cuando está muy de moda la “economía naranja”, tal vez Petronio y San Pacho, sean un fiel ejemplo de cómo se le saca el jugo a una naranja. A las poblaciones chocoanas quedan como la cáscara de la naranja con un poco de zumo y condenada a pudrirse. Mientras las ganancias se quedan en la Cali criolla-mestiza, a las que les huele mal el Petronio, en Quibdó las ganancias en gran medida salen del departamento hasta llegar a las bolsas de la Antioquia y la Caldas criollo-mestizas. Además, una vez termina San Pacho, la chocoanidad se queda en sus matices de colores; desde el color de un buen momento de “privilegio” en una sociedad de tamaña escasez hasta el color piel de los que no le tocan sino las migajas que se escapan. Todos prisioneros de la exclusión radical y convertidos en consumidores insaciables. En este sentido, el saqueo persiste y el hacer de territorios lo suficiente ricos tierras desérticas es todavía un proyecto. Aquí las capacidades se invisibilizan y las posibilidades de agenciamiento desde la productividad se obstruyen. Además, espera uno que la consciencia colectiva y la solidaridad de la población criollo-mestiza que participa se fortalezcan; sin embargo, después de las borracheras (de viche, tumbacatre, tomaseca, aguardiente, ron, etc) y las rumbas corridas de currulaos, abozaos y pasillos con o sin pañuelos, turbantes, trenzas, cabellos afros y los vestidos africanos, seguimos siendo los culpables de nuestra “propia miseria”, “nos incapacitados para gobernarnos”, “los corruptos”, “los folklóricos”, etc.

 

Las solidaridades frente a nuestras luchas como pueblos afrocolombianos e indígenas por nuestros territorios vuelven a su normalidad: el vacío. De hecho, gran parte de los discursos de la identidad, la historicidad y la lucha sanpachera o petroniera se quedan ahí. No se teje en la misma medida con el Distrito de Agua Blanca o con la Zona Norte de Quibdó, por señalar ejemplos. ¿Por qué? ¿En qué medida el contenido político de las músicas y tradiciones afros en el San Pacho y en Petronio permean la subjetividad de las y los participantes y cómo esta se manifiesta? Al parecer seguiremos saltando, bebiendo, brincando y tumbandola, ojalá también comiéramos después, hasta que San Pacho nos haga el milagro... ¿Y si lo hacemos nosotros? Tal vez sea ya un momento de establecer prioridades y formas más cercanas a nuestra realidad. 

 

Referencias

Redacción El Tiempo. (2019). Los números del Festival Petronio Álvarez que muestran su fortaleza. Recuperado el 17 de mayo de 2019 de https://www.eltiempo.com

Viáfara López, Carlos Augusto; Ramirez, Hector Fabio y Urréa Giraldo, Fernando. (2001). Perfiles sociodemográficos de la población afrocolombiana en contextos urbano-regionales del país a comienzos del siglo XXI. CIDSE, Centro de Investigaciones y Documentación Socioeconómica. Informe. 

 

Yeison Arcadio Meneses Copete: Miembro del Colectivo Ampliado de Estudios Afrodiaspóricos, CADEAFRO. Magister en Educación de la Unviersidad Pontificia Bolivariana -Sede- Medellín. Doctorante en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos de la Universidad de Perpignan, Francia.  

 

*Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y pueden o no coincidir con las de este medio de comunicación.

 

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 *Fotografía: Cortesía.

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